jueves, 28 de febrero de 2013

Un enjuague contagioso

El silencio es un preludio de la nieve. Los pájaros enmudecen (cuesta recordar el tiempo que llevan callados) y los demás, hipnotizados, aún miramos esos copos suicidas a través de las ventanas. Cualquier sonido que viaje en el aire acaba por chocar contra uno de esos copos, que lo arrastra hasta al suelo donde perece, sin más rumor que la leve resonancia que crea una mota de polvo al posarse. Todos salen a zambullirse en ese manto crujiente y, aún así, todos los murmullos son lejanos. Son rísas y crujidos en la lejanía.

Fotografía: César SV.
Esa blancura parece enjuagar las mentes. Contagia sonrisas a todo aquel que se impregne de ella. Los niños, desorgnizados por la euforia, se desparraman en juegos improvisados, hasta que es un adulto quien ofrece la brillante idea de moldear un muñeco, y así poder realizar aquella ilusión que lleva arrastrando desde aquella niñez sin nieve.

El ejecutivo camina torpemente con su traje, y con paraguas y teléfono móvil en cada mano. Finge tener prisa y describe el suelo que pisa a su interlocutor, pero sólo él sabe que hoy es su día de libranza y que no hay nadie al otro lado del teléfono. 

Los coches más tercos se deslizan ladeados por el asfalto, sin más logro que estamparse a ralentí con otros coches más pacientes. Y esa escena de coches patinantes también provoca las sonrisas, que, poco a poco, van menguando a medida que el manto blanco se vuelve acuoso y marrón.

Es el deshielo, realmente, quien advierte del frío en el que nadie reparó. Por eso, mientras aquellos copos se deslizan por las alcantarillas, hay una estampida progresiva hacia el calor de los refugios que lleva la esperanza de volver a sentir, quizás algún día, una nueva alarma de silencio abosulto.